De mis siembras y cosechas quiero dejar testimonio por estas páginas. A ver qué sale....
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Cenizas en la niebla, ¡Buen Camino!
¿Cuál es la delgada línea que separa la vida del mundo de ultratumba? Saray no lo sabe, y ni siquiera le preocupa. Ella pertenece a la cepa de las Piñeiro, mujeres raras, que no se rinden ni siquiera en las catacumbas de la muerte.
A Saray Carballo Piñeiro le desvelan otras cosas, como por ejemplo no saber qué hacer con la verdad que buscó obcecadamente desde la infancia. Al fin tiene todas las respuestas —o casi todas—, pero entonces descubre que muchas veces el saber no calma porque detrás de la verdad aparecen los resentimientos y los porqués.
¿Los encontrará en la Ruta Jacobea?
Una frase saqueada al más allá —“Llévame contigo al Camino de Santiago”— impulsa a la protagonista a peregrinar con una pesada mochila a cuestas, que por momentos la enoja, la perturba y la obliga a enfrentarse a sus miedos y a la incógnita de perdonar y perdonarse.
Pasado y presente, vida y muerte, mentiras y verdades a medias se dan la mano para desandar la Ruta de las Estrellas en un vertiginoso viaje donde el amor surge en una sonrisa canalla y en unos ojos de navegante.
“Cenizas en la niebla…” no es en sí mismo un libro sobre el Camino de Santiago. Sin embargo, el Camino se mete —perplejo— en la historia de una familia con demasiados secretos. ¿O será la historia la que se involucre definitivamente en el Camino?...
http://www.bubok.es/libros/235061/Cenizas-en-la-niebla-Buen-Camino
http://www.bubok.com.ar/libros/197435/Cenizas-en-la-niebla-Buen-Camino
domingo, 20 de julio de 2014
Los árboles y los amigos
Una amigo/a es como un árbol: cuando nos abrazamos a él/ella sentimos como su energía amorosa invade el centro de nuestro corazón para sanarnos, fortalecernos y ser mejores personas a partir de su amor. Si nos alejamos sabemos que el árbol-amigo/a siempre nos esperará, sin reproches, solo con la alegría de vernos volver.
Los árboles, como los amigos/as humanos, nos dan herramientas para transitar la vida con más sabiduría a partir de ver en ellos/as nuestros propios defectos y virtudes y saber que no vamos a ser juzgados sino advertidos para nuestro mutuo crecimiento.
“Los árboles me han dado siempre los sermones más profundos”, escribió Hermann Hesse en su obra El Caminante. Mis amigos/as también, y se los agradezco profundamente…
Según el horóscopo celta el árbol que me representa es la higuera. A ver qué dicen mis parientes lejanos…
Tiene gran sensibilidad.
Es fuerte y algo (o mucho, según…) obstinado.
Es independiente.
No soporta las contradicciones.
Es muy familiar.
Es sociable y tiene buen sentido del humor.
Es inteligente y muy práctico.
Tiene tendencia a la pereza y la holgazanería (?????).
Gracias a mis amigos y amigas por quererme así, tan imperfecta…
martes, 13 de mayo de 2014
De colectivos y aberturas...
Seis de la tarde. Hora imposible para viajar en colectivo-autobús en la Ciudad de Buenos Aires. Ni en taxi ni en coche ni en nada que no sean las piernas y darle a la caminata. Que también tiene sus complicaciones (no llevar nada a la vista que te puedan arrebatar, por ejemplo, y aún así…) pero es lo mejor y ayuda a la salud, dicen por ahí.
Pero ayer yo no tenía ganas de transitar las peligrosas callecitas porteñas y me subí al colectivo 95 que me dejaría en la esquina de mi casa. Como de costumbre estaba abarrotado de congéneres aburridos, malhumorados, agresivos, punguistas (descuideros), autómatas empotrados en la pantalla del móvil jugando a algo, y los infaltables fingidores del buen dormir apoltronados en un asiento conseguido por gracia Divina, que simulan una siestita para no cederle el asiento a embarazadas, ancianos, etc., etc.
El colectivo iba a dos por hora, yo estaba parada, amuchada como sardina en lata, hacía calor, los olores varios de un fin de jornada se mezclaban y mi malhumor aumentaba en consecuencia, hasta que me llamó la atención algo que me distrajo de mis males. En un mini asiento de dos (cada vez los hacen más pequeños, como los talles) una mujer de mediana edad hacía malabares para no caerse del asiento (calculé que le quedaban afuera la mitad de las cachas) ya que ella ocupaba la parte exterior, mientras que del lado de la ventanilla había un hombre joven muy entretenido mirando hacia fuera, y con las piernas tan abiertas que parecía tener un mapamundi entre ambas.
Me sentí inmediatamente identificada por haber padecido lo mismo en varias ocasiones. La mujer de tanto en tanto miraba al despatarrado, en un vano intento de hacerle ver que estaba invadiendo gran parte de su espacio. El otro como si nada. En uno de esos vaivenes violentos de los colectivos porteños la mujer se hubiera estampado contra el piso si no fuera porque estaba ocupado por compactas humanidades que frenaron su caída.
Ahora sí, me dije. Ahora le va a decir: “cierra las piernas, cabrón, o si no te las voy a cerrar yo y te va a doler…”. Pero no, la sufrida pasajera tragó la rabia y trató de acomodarse en el minúsculo espacio, resignada a su suerte.
Desde aquí hago un llamamiento a los hombres del mundo: siéntense como les plazca siempre y cuando no invadan ni molesten a la sufrida vecina de asiento. ¿Por qué digo vecina y no vecino? Porque si son dos hombres los ocasionales compañeros de butaca, no pasará nada porque seguramente se dedicarán a competir por ver quién tiene la abertura más grande.
martes, 6 de mayo de 2014
Mi amor imposible
—Eres mi amor imposible. Que lo sepas. Quisiera abandonarme entre tus brazos y dejar que me eleves a los cielos mientras escucho el susurro de tu voz cadenciosa, pero no puedo, créeme.
—No me tienes confianza, temes que te haga daño y huyes de mí.
—¿Te suena esa ridícula frase, no eres tú, soy yo cuando alguien quiere romper una relación?
—¿De qué hablas? Tú y yo nunca tuvimos tan siquiera un pequeño roce.
—De acuerdo. Pero no me hostigues ni me llenes de culpa. Bastante tengo con lo que me pasa.
—¿Y qué es lo que te pasa? Averígualo y tal vez algún día me lo puedas contar apretadita entre mis brazos.
—Y dale que va… De solo pensarlo siento un sudor frío deslizándose por mi cuerpo como una babosa deprimida, mientras el corazón enloquecido de espanto se desboca dentro de mi pecho. Somos incompatibles, estúpido insistidor. Da lo mismo lo que me digan tus adoradores, que te ven tan apuesto y entregado. Nunca seré tuya.
—Persevera y triunfarás. Es un tópico pero tiene su verdad. No me daré por vencido cada vez que te vea pasar frente a mí mirándome de reojo. Una y otra vez abriré mis brazos para que entres en mi vida.
—Tú me das miedo, no puedo remediarlo. Es un miedo mío que nada tiene que ver contigo, aunque a decir verdad he sabido que en algunas ocasiones tu comportamiento es un tanto inestable, por decirlo de alguna manera.
—Estás buscando excusas. ¡Atrévete, ven conmigo! Nada te va a pasar.
—Acéptalo de una buena vez: nuestras vidas transcurren por derroteros bien distintos. Tú yendo y viniendo por un largo y tenebroso hueco, y yo subiendo y bajando interminables escaleras solitarias. Tú eres un ascensor hermético y yo soy una claustrofóbica declarada y asumida. No me tendrás, cubículo asfixiante e impredecible. Adiós. Me esperan mis amigas las escaleras.
lunes, 10 de marzo de 2014
Una ventana al pasado
Al mirar las fotos que encabezan este relato se me ocurre pensar en las paradojas de la vida. A ella, la casa donde nací —literalmente— se la puede ver hace unos pocos años vieja y en ruinas. Yo no estoy tan mal. (Hoy me toca mimar la autoestima).
En la actualidad (fotos de abajo) a ella se la ve espléndida, con las muescas del tiempo reparadas por un liftin completo, e incluso con algunos anexos que la hacen un tanto presuntuosa para mi gusto. En fin, que con el transcurrir del tiempo ella está más joven y yo tengo dos o tres arrugas más, que nunca me quitaré porque me las he ganado dignamente en el concurso de la vida.
Cada vez que tengo la dicha de visitar O Busto, mi pueblo, me cuesta reconocer a simple vista la que fue mi casa. Sin embargo, debajo de su flamante fachada están las piedras que guardan mi infancia. (Algunas quedaron). Y como las piedras tienen memoria, solo tengo que apoyar la mano sobre ellas para escuchar las voces de los seres amados que dejaron sus huellas en su alma granítica: mi madre, la abuela Pilar, el abuelo Joaquín, mi entrañable amigo Evaristo, Malbina, Celso, Delia, mis primos… La lista es larga y todos están ahí.
Incluso puedo escuchar el alboroto de las ánimas en pena que asolaban el desván, según mi madre. “Ahí solo hay ratas”, decía el abuelo que, llamativamente, siempre tenía un cuento de aparecidos para entretener las largas noches de invierno.
Recuerdo cuando mamá me despertaba en plena noche porque escuchaba ruidos en el faiado y ¡teníamos que ir a ver! Ella no podía quedar amparada en el calor de la cama esperando que los ruidos que sobrevolaban nuestras cabezas callasen. No, tenía que ir a enfrentar a los intrusos, fuesen de este mundo o del otro, tanto le daba. Mamá delante, sosteniendo un candil de tenue luz espantafantasmas, y yo detrás aferrada a su camisola subíamos la escalera hacia el desván donde tan pronto lo alumbrábamos todo era silencio y soledad.
Me gusta imaginar el desconsuelo de las ánimas que atronaban nuestro desván buscando llamar la atención para que fuéramos a visitarlas, cuando mamá y yo marchamos para siempre. Nadie como ella alumbraría jamás la eternidad de sus noches.
domingo, 23 de febrero de 2014
Una mujer... con etiqueta
Ahí está ella, lo más campante con la etiqueta de la blusa colgando en la espalda, como diciendo: ¿ven?, estoy de estreno.
Tuve intenciones de hablarle pero no me animé, pues con ella había un grupo de personas (convenientemente ocultadas en la foto) y me costaba entender que ninguna de ellas se hubiera dado cuenta del peculiar artilugio que adornaba la espalda de su compañera de mesa.
Era difícil no sonreír. Tal vez la señora estaba cansada de que le preguntaran cuánto le había costado tan hermosa prenda o dónde la había comprado.
Pues ahí lo tienen… Lean y no me molesten más.
¡Guapa! Yo te reivindico, anónima mujer. Antes de que la pandilla de prejuiciosos que andan/andamos por el mundo te etiqueten, gánales de mano, cuélgate tu propia etiqueta y mándalos a tomar… lo que tengan ganas.
sábado, 22 de febrero de 2014
La maleta del emigrante
Ahora,
en esta hora inocente,
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.
(Alejandra Pizarnik)
Querida gente, les presento a unos de mis libros, que cuenta una historia que puede ser la mía, la de Juan, Camilo, Evaristo, Dorinda, Emilio, Dolores, Maruxa, Manuel, Modesta… Y hasta la de Lina, una mujer que al perder su maleta de emigrante su mente extravió los recuerdos. Entonces comenzó a recordar con la morriña del alma, que jamás muere.
A continuación les dejo el párrafo que está en la contraportada de “La maleta del emigrante”, que tal vez les aclare un poco más de qué va este libro.
“(…) Quizá sean ideas mías, abuelo, pero siento que este diciembre de aquí no es totalmente mío como el de allá. Aquí nada es mío, como si estuviera siempre de visita. Doña Francisquita dice que eso es así al principio pero después echamos raíces y ya nos sentimos como en casa. ¿Después cuándo, abuelo? ¿Después de qué?”.
Así le escribía una niña de diez años al abuelo que estaba en la aldea. Es que los sueños de los pequeños emigrantes no estaban adelante, como los de sus padres. Quedan atrás, desdibujándose, muriéndose en el adiós. Al llegar al nuevo mundo tenían que reinventarse, desde la cotidianeidad hasta en los sueños, y no estaban preparados.
“(…) ¿Se acuerda cuando usted me decía que yo siempre andaba papando moscas, y yo le contestaba que no era eso sino que estaba buscando sueños, como hacía el niño de aquel libro que me regalara el tío Juan? Bueno, pues ahora sí que ando papando moscas porque los sueños no los encuentro”.
En el poso de la memoria de América quedarán para siempre recuerdos y leyendas ancestrales escuchadas al calor del lar en las cocinas gallegas.
Quedarán, también, las maletas que subyacen en el alma de cada emigrante.
Este libro obtuvo el Accésit en el I Certamen Literario Ramón Rubial.
(Madrid, 30 de marzo de 2009)
jueves, 13 de febrero de 2014
El limonero de Axel
Pobre limonero de fruto amarillo
cual pomo pulido de pálida cera,
¡qué pena mirarte, mísero arbolillo
criado en mezquino tonel de madera!
Los versos de Antonio Machado poco tienen que ver con el limonero que crece en mi balcón. Lo de, “qué pena mirarte, mísero arbolillo” no le compete, aunque el “mezquino tonel de madera” por el momento es lo que hay.
Yo lo miro maravillada, y le declaro mi amor cada vez que lo riego mientras acaricio sus hojas intensamente perfumadas… de limón.
Es que es un arbolito muy especial. Nació de las manos de uno de mis amores, el de los ojos verdeazules más hermosos del mundo mundial: Axel. Un día de hace unos cuantos meses el peque agarró un medio limón y me preguntó si le podía sacar las semillas y ponerlas en una maceta con tierra para que creciera un limonero.
Desde luego que acepté, solo por darle el gusto (las abuelas tenemos el sí fácil), pues debo confesar con cierta vergüenza que no le tenía mucha fe al experimento. Axelito distribuyó las semillas en la maceta, las cubrió con tierra y luego echó agua como para que nadasen, lo cual reforzó mi pensamiento en cuanto a que allí solo podían crecer malas hierbas.
Y así sucedió. Las malas hierbas crecieron pero en medio se fueron abriendo paso unas hojas verdes y alargadas que me hicieron sospechar que el limonero de Axel estaba decidido a desafiar la polución de un balcón asomado a una calle demasiado transitada, y a crecer en un “mezquino tonel de madera”.
Y vaya si crece, pronto alcanzará la altura de Axel, que ya plantó un árbol.
Ahora le falta escribir un libro y tener un hijo.
martes, 31 de diciembre de 2013
¡Buen Camino, 2014!
¡A preparar las mochilas, peregrinos!
¡El 2014 nos espera!
Ahí está para nosotros, con su Camino inexplorado, con sus sueños intactos y cientos de oportunidades por conquistar.
¡Buen Camino, peregrino del 2014!
Que el Camino te sea propicio, benévolo, complaciente.
Pero cuando surjan los inconvenientes —que los habrá— tómalos como una oportunidad para ser más sabio.
Sé solidario y atento con los otros caminantes. Sonríeles, pregúntales si precisan algo cuando los veas desfallecer. Si no tienes nada material para ofrecerles, con un abrazo bastará. Carga muchos abrazos en la mochila de los días y regálalos porque sí.
Cuando el cansancio te venza, levanta la vista y mira al cielo. Resiste. Búscate en el adentro. En tu adentro. Ahí están todas las respuestas.
El Camino a veces se hace duro, pero vale la pena. Disfrútalo, vívelo, no te pierdas uno solo de sus instantes. Es tu Camino, compártelo con tus amores, con los que te quieren, con los que quieres, sin imponerles tu manera de caminar. El amor es libertad.
Pon en tu mochila lo que más quieras, peregrino/na. Eres dueño de tu equipaje, por lo tanto elige muy bien, hazte cargo de tu elección y ¡adelante! Siempre adelante, no mires atrás demasiado, y si lo haces que sea solo para no volver a tropezar con la misma piedra.
Por mi parte pienso cargar mi mochila —para empezar— con una cuota extra de paciencia, porque ya agoté la que me venía de nacimiento. Se me hace difícil tolerar a los estúpidos, sátrapas, demagogos, miserables, corruptos que falsean la realidad para ocultar sus propias miserias. Pero ése es otro tema.
Ahora sigo con mis pertrechos para la mochila del 2014, en la que no faltará el amor, la fe, la rebeldía, los abrazos, la terquedad, la perseverancia, el perdón… y los sueños.
“La vida es un sueño, cúmplelo” (Madre Teresa de Calcuta).
A este 2014 quiero pedirle para ti, compañero, compañera de Camino, una mochila de sueños por cumplir.
Que así sea.
¡Buen Camino para el 2014!
jueves, 12 de diciembre de 2013
Una cuerda para diciembre
Y llegó diciembre…
Como siempre arribó con la carga y sobrecarga de sus once compañeros de almanaque a las espaldas. Diciembre es como el receptor de todo un año, día por día, hora por hora, de todos nuestros éxitos y fracasos, ilusiones y desesperanzas. En fin, es la vida que va pasando.
—Diciembre es el mejor mes del año, el más bonito de todos.
—¿Por qué, abuelo?
—Porque naciste tú, neniña.
El abuelo Joaquín tenía razón. Los abuelos siempre tenemos razón (aunque no la tengamos). Él siempre encontraba la palabra justa para hacerme sentir especial.
Pero eso era antes, cuando diciembre olía a infancia, a castañas asadas, a caldo con unto, lacón con grelos y el fuego crepitaba na lareira (en el lar) entonando canciones navideñas mientras afuera la nieve ponía un manto de blancura en los verdes campos.
Ahora mis cumpleaños son calurosos y tienen aromas distintos pero igual de entrañables y hermosos como aquellos de la niñez: es el perfume de los afectos, de la hermosa familia con que Dios me premió, de los amigos/as que me quieren tal cual soy, tan imperfecta.
Sin duda diciembre convoca a la esperanza y también —por qué no— a la nostalgia. Yo suelo recrearme en la nostalgia cuando me busco. En ocasiones no me encuentro. Entonces escribo (que es la mejor manera de hallarse, de hallarme) y hoy me sale decir: ¡abracadabra diciembre!, con sus luces de colores, sus guirnaldas, sus aires de Navidad y un año más en el calendario de mi vida.
Aunque a decir verdad, por estos rumbos el espíritu navideño está más bien recluido y asustado. Por eso convoco a las almas sensibles a expurgar, a despiojar este mes que está a punto de caerse del almanaque del 2013. Pasémosle el peine fino a su melena enmarañada y caótica para quitarle la violencia, el desánimo, el fariseísmo. Quedémonos solo con la esperanza, encendamos las farolas del alma para que iluminen este diciembre de furia y de miedo.
No pierdas la sonrisa, amigo/a, ni cambies tus sueños por los sueños que otros soñaron. No te resignes a los dogmas, opina en libertad, no digas lo que otros quieren oír. Piensa. Sé tú mismo, valiente, no te resignes, sé libre.
"La libertad significa responsabilidad, por eso, la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo." (George Bernard Shaw).
Les dejo, como conclusión, un regalo virtual y mágico: una cuerda para atar esperanzas. Esperanzas que nadie nos podrá quitar, robar ni saquear.
Sean felices…
viernes, 6 de diciembre de 2013
Mandela...Invictus
Los versos que se pueden leer a continuación son del poema "Invictus", perteneciente al poeta William Ernest Henley, que fueron el consuelo de Nelson Mandela contra la flaqueza y el miedo en los años que permaneció encarcelado.
Nelson Mandela demostró, con su honestidad y valentía, que en la política a veces los milagros son posibles.
Hasta siempre, Madiba...
Desde la noche que sobre mí se cierne,
negra como su insondable abismo,
agradezco a los dioses, si existen,
por mi alma invicta.
negra como su insondable abismo,
agradezco a los dioses, si existen,
por mi alma invicta.
Caído en las garras de la circunstancia,
nadie me vio llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.
Más allá de este lugar de lágrimas
e ira yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años,
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia.
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma.
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