martes, 14 de febrero de 2017

Una lluvia de verano



Lo primero que vi de él fue su ancha espalda, regia, hasta terminar en unas buenas cachas apenas adivinadas debajo del pantalón blanco. Lleva las manos en los bolsillos y camina sin prisa por el paseo marítimo, lo mismo que yo.
La mayoría de la gente apura el paso y algunos hasta echan a correr buscando un refugio que los proteja de las primeras gotas que comienzan a caer de un cielo plomizo. El viento despeina su cabello de color indefinido, pero a él parece no importarle, abstraído en los colores malvas, azules, grises que modifican las aguas marinas en un disparate de espejismo.
Camina sin prisa, ajeno a cuanto lo rodea, incluso a mí, que hace no sé cuánto tiempo que sigo los pasos de este hombre solitario, referente de mi propia soledad. Los hilos de la lluvia comienzan a rayar su figura, que me atrae como un faro en medio de la noche. No puedo dejar de seguirlo, aunque sé que es irracional. No puedo, ni quiero.
Hasta que de pronto aquel desconocido se da vuelta repentinamente y me enfrenta. Vaya —pensé—, lo que prometía de espaldas de frente lo confirma ampliamente. Tiene una sonrisa descarada, atrevida, como a mí me gusta, y una mirada preguntona que me desnuda. Y yo me dejo.
Unos pocos pasos y llega hasta mí mientras un “Hola...” cuelga del suspiro de la tarde.
“Si te quedas allí vas a agarrar una pulmonía. Si te parece vamos a tomar algo caliente a la cafetería. Yo invito”. Hay palabras que saben a canela, a anises, a castañas asadas.
“Me llamo Sabela”, le dije extraviada en su penetrante mirada mientras dos tazas de café humean entre los dos.
El amor. Bendito amor. Inesperado amor.
“Y yo, Santiago”.
Afuera llueve. Sobre la noche confidente y callada, sobre su silencio que no reprocha ni juzga nada. Llueve sobre el mar enojado, sobre sus barcas bamboleantes, sobre las piedras y sobre las almas solitarias. En un tiempo yo fui dueña de las tormentas, de las islas y de los rumbos, dueña de mis lágrimas y de mi sonrisa. Después me perdí en senderos errabundos sin saber que el amor no se busca, no se elige, llega como una lluvia de verano, como un rayo que te parte al medio.
Santiago y yo estuvimos hablando sin contar el tiempo, descubriéndonos, intuyéndonos, hasta que la cafetería cerró. Entonces salimos al paseo marítimo y caminamos abandonados a la resaca de un mar de palabras nuevas mientras los pensamientos van descalzándose en silencios llenos de promesas.
Sigue lloviendo, como si el cielo no tuviese otra cosa que hacer. Pero ya no importa. Sé que cuando la noche diga adiós aún voy a estar metida en la cuna de sus brazos.
Lo sé, como sé que a veces el mundo se detiene para acomodar el sueño de alguien que nunca dejó de soñar con el amor.

domingo, 5 de febrero de 2017

Los secretos de Amorina

¿Alguien puede pensar que las roscas (de Pascua, Reyes, etc.) pueden llegar a ser cómplices de los encuentros furtivos de unos intrépidos amantes?
Pues al parecer en la casa rural Amorina eso pasó, y puede que vuelva a pasar...
Las roscas, roscones, como le quieran llamar, semeja a la rueda del tiempo, que sigue girando en un perpetuo renacer.

http://a.co/2CBLE1W http://a.co/2CBLE1W

Pasa por la Casa Amorina y disfruta de unos roscones sumamente sensuales.

sábado, 31 de diciembre de 2016

2016 - 2017


Te despido con una sonrisa de agradecimiento. Fuiste un buen año. Te tocó a ti realizar (me) esos sueños pendientes y muy queridos. 


La Familia reunida: ¡Los amo!!!





 Volver a mi tierra, mi lugar en el mundo, las raíces, la esencia de lo que soy...
Galicia, sempre Galicia...



Familia Barreiro, aunque faltan varios. ¡Los quiero!




 Amigos queridos: Mari Luz, Julio, Noelia. Gracias por tanto afecto, por ofrecernos vuestra casa, un lugar donde volver... ¡Quérovos!!!




Y también París, con lluvia sin parar, pero siempre es París...







Además... 
St. Goarshausen, Alemania




Países Bajos, Amsterdam...






Bélgica (Bruselas, Brujas...)





El 2016 también me trajo la satisfacción de ver a mi amiga y excelente actriz, Maisa Ouzande, interpretar el unipersonal "Depende", que escribí especialmente para ella.  


Vamos por mucho más, ¿Verdad ...




Y sí, eres un gran signo de interrogación. 
Una incógnita, un enigma a develar cada día de tus 365.
Te espero con Fe, con mucha Esperanza  y con muchos más sueños por cumplir.
Bienvenido!!!!







martes, 1 de noviembre de 2016

Las cenizas y el "malentendido panteísta"

Hoy es el día de todos los muertos.
Según parece los vivos tenemos la necesidad de poner un día específico para homenajear a las madres, padres, amigos, mujeres… Como si nuestra frágil memoria tuviera la necesidad de un recordatorio para el amor y la celebración.
Yo no estoy de acuerdo para nada con estos acontecimientos meramente comerciales.
Respecto del día de hoy, mis muertos amados deambulan diariamente por mi alma, presentes e inolvidables, sin necesidad de un recordatorio. Todo en paz y en armonía con los del más allá.
Hasta que hace unos días el Vaticano nos dejó a mis padres y a mí al borde de la herejía. Dios mío, ¿qué pasó?
En un documento firmado por el papa Francisco se deja bien claro que a partir de ahora "no se permite la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos".
La cuestión no queda ahí, pues al parecer la prohibición pretende evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.
Solo la sepultura "demuestra aprecio por los difuntos". Con solo leerlo me recorre el cuerpo un frío sepulcral. El aprecio por los difuntos, papa Francisco, lo sentimos y demostramos quienes los llevamos en el corazón hasta el fin de nuestros días, y punto.
Las cenizas de mi madre, Dorinda, están en la cumbre del Monte Castrove (Pontevedra) donde ella fue feliz.

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 Allí la llevé yo desde Buenos Aires. Ni ella ni yo habíamos vuelto a Galicia. Y en las largas noches de quimioterapia, una vez al mes durante un año, las dos soñábamos con volver a nuestra tierra.
—Cuando se ponga bien, mamá, iremos juntas a Galicia. Como sea pero volveremos, se lo prometo.
Recuerdo la mirada resignada de mi madre y su voz cansada:
—Ti volverás, Carmiña. Eu non… (Tú volverás, Carmiña. Yo no…).
Tardé unos años pero cumplí la promesa. Volvimos juntas. No de la manera que hubiéramos querido, pero recorrimos buena parte de Galicia junto a tres amigas, que se turnaban para cargar el bolso con mi madre metida en una caja de castaño. Hasta que al fin la llevamos al lugar con el que soñaba hasta el último minuto de su vida.
¿Será éste un “malentendido panteísta, naturalista…”? Yo no lo creo así, y mi madre estaría de acuerdo conmigo. También mi padre, Camilo, cuyas cenizas navegan en las aguas del antiguamente llamado Balneario, un lugar a orillas del Río de La Plata. El puerto. Ahí llegamos.



Y desde ahí se fue en el último viaje.
¿Y conmigo qué harán? Ya he dejado instrucciones. Soy una mujer de una profunda Fe cristiana, y con un alma inmensamente libre y panteísta.
¡Sean felices y libres!!!

sábado, 29 de octubre de 2016

Las Mujeres Raras tienen voz

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 Aquí les dejo un experimento casero, muy de principiante (pido disculpas por eso). Se me ocurrió ponerle voz a Las Mujeres Raras. Confieso que cuando escuché mi propia voz descarté por completo el asunto, para no ahuyentar a los posibles lectores.
"Cómprate un micrófono nuevo y te vas a escuchar mejor", me aconsejaron.  Podría ser, dije esperanzanda. Y compré la "bolita micrófono" que se ve en la foto.
Está muy bien, pero tampoco hace milagros.


Es lo que hay, pensé resignada.
Así  que si quieren escuchar algo de lo que siente y piensa la protagonista de "El Camino de las Mujeres Raras", Saray, solo perderán (o no....) cuatro minutos de vuestro tiempo.
Si lo que quieren es leerlo, en Amazon lo van a encontrar.
Sean felices, y atrévanse a hacer el tonto de vez en cuando. Es saludable...



viernes, 7 de octubre de 2016

Mujeres raras 1. La tía Emi



La decisión de cambiarle el título a mi último libro (antes “Cenizas en la niebla…”) “El camino de las mujeres raras”, me ha llevado a pensar en las mujeres raras de mi familia, tanto materna como paterna.
Y algunas hay, hubo y habrá, que merecen ser reconocidas.
Con casi cien años y dando batalla, hoy les hablaré de la tía Emi, hermana de mi madre, a quien tuve el placer inmenso de abrazar hace solo dos meses en su casa de Pontevedra.
Ella fue una de las tantas mujeres a quienes Rosalía de Castro denominó “viúvas de vivos e mortos” (viudas de vivos y muertos).
Las viudas de vivos eran las mujeres cuyos maridos emigraban en busca de un mejor porvenir para su familia. En el caso de la tía Emi se quedó con tres hijos pequeños mientras su hombre embarcaba para Buenos Aires prometiendo que en cuanto se estableciera los reclamaría para volver a juntarse en el nuevo mundo. Y mientras tanto, le mandaría algún dinero para ayudarla a criar a los niños.
En esto el tío Fer no fue muy original, pues todos los hombres que marchaban siempre prometían lo mismo. Unos cumplían, y otros muchos, no. El marido de la tía fue de los últimos. En cuanto llegó a Buenos Aires el viento del Río de la Plata barrió de su cabezota las promesas que le hiciera a su mujer.
Así las cosas, en una aldea de la Galicia de los años cincuenta la tía no tuvo otro remedio que arreglárselas sola para mantener a sus hijos. Era una más de entre las viudas de vivos. Seguramente si hubiera enviudado de “verdad”, no tendría ese rencor creciéndole en el alma, imparable y alimentado día a día.
Los años fueron pasando, los hijos de la tía fueron creciendo como podían y ella a fuerza de sacrificio y ayudas compró un pasaje a Buenos Aires cuando supo, después de una larga pesquisa, que el fulano que aún seguía siendo su marido tenía un muy buen trabajo y el muy caradura estaba cobrando, desde hacía años, el salario que le correspondía por tener hijos menores, y guardándolo para sí mismo mientras ellos en la aldea luchaban por sobrevivir.
Había llegado el momento de arreglar cuentas con el canalla. Le pidió a la familia (la de Galicia y la de Buenos Aires) que no se metieran en sus decisiones, que ella sabía muy bien lo que tenía que hacer.
Y vaya si supo. Al día siguiente de llegar a la capital argentina averiguó la dirección del Palacio de Tribunales y allá se fue sin más acompañamiento que su decisión de hacer justicia.
—Quiero ver a una abogada, entiende... Tiene que ser mujer y que me atienda gratis —le dijo la tía Emi en un gallego castellanizado o en un castellano galleguizado al de la mesa de entradas.
La entendieron y la atendieron.
La abogada que le tocó tomó su caso y el resultado final fue que al tío Fer lo despidieron del trabajo (había mentido en cuanto a que tenía sus hijos a cargo) y pagó lo que la ley consideró, si no quería ir a la cárcel.
—¡No quiero el dinero! —gritaba la tía enfurecida— quiero verlo tras las rejas.
Es lo que tienen las mujeres raras, siempre van hasta el hueso.
Hoy la tía —que nunca tuvo otra pareja—, es viuda de verdad, y cuando recuerda este episodio sonríe satisfecha.
—Carmiña, nunca deixes de facer o que che pete. Antes pensaban que as mulleres eramos parvas e que podían facer con nós o que quixeran. ¡Parviños! Eu aínda fago o que me da a gana.
Quérote tía!