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Mostrando entradas de septiembre, 2009

Una pregunta impertinente

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¿Cómo tener confianza en una mujer que le dice a uno su verdadera edad? Una mujer capaz de decir esto es capaz de decirlo todo. Oscar Wilde
La mujer, que andaría pisando el medio siglo, saludó con un “buenas tardes” a la recepcionista quien, sin siquiera responder al saludo —pues estaba en franca charla con su compañera— tomó el papel que la mujer le extendía y sin despegar la vista de la pantalla del ordenador comenzó el cuestionario de rutina: nombre y apellido, dirección, número de teléfono, día y año de nacimiento…Hasta la última pregunta las respuestas fueron contestadas correctamente, pero la última quedó en suspenso por unos instantes.—¿Fecha de nacimiento? —repitió un poco más fuerte la empleada.—¿Para qué quieres saber mi edad? Vengo a que me saquen una radiografía dental no a contratar un seguro de vida — dijo la mujer visiblemente mosqueada.—Necesito su fecha de nacimiento, no puedo dejar el espacio en blanco —insistió.—Pues ese dato es de mi absoluta incumbencia, y no piens…

La muerte del Negrito

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Cuando lo vi por vez primera sentí un rechazo tal, que solo el pensamiento de verme expuesta al más irrisorio de los ridículos me impidió salir corriendo. Siete pisos más arriba me esperaba Norma, modista y de las buenas, a quien no pocas veces le confesé: “Tu ascensor me da miedo, hay algo siniestro en él”. Ella se reía y trataba de convencerme de que era un “viejo” absolutamente confiable.
Intentando vencer mis temores poco a poco fui iniciando con aquella antigua caja de hierro, a la que bauticé como el Negrito, una relación que podríamos llamar amistosa, aunque algún analista podría considerarla digna de unas cuantas y prolongadas sesiones de terapia.
En los primeros encuentros con el Negrito a solas comencé por saludarlo: “Hola qué tal, afuera hace un lindo día”, mientras iba contando con desbordada ansiedad los pisos que faltaban para bajarme. Claro que su respuesta, lenta, bamboleante y ruidosa, lejos de tranquilizarme hacía que mi pulso se acelerara tanto, que hubo momentos que …

Aquella noche de San Juan

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La noche se va estrenando sin prisa sobre la inmensidad del mar, personaje fantástico, gran dios pagano. Su genio extraño puede conmigo, me embebe, me devora entera, me atrapa con un agradable escalofrío.
Las noches en la playa son como un examen de conciencia, excepto que algo nos pese en el corazón. ¿Cuánto pesa un corazón lleno de tristeza?
A lo lejos una inmensa hoguera se levanta hacia el firmamento henchido de estrellas. Alrededor brincan oscuras figuras como fantasmas enloquecidos. Es noche de San Juan, noche de meigas, noche de fiesta. Para mí no. Prefiero la soledad del mar, reflejo de mi propia soledad sin ilusión. La soledad sin esperanza anuda el alma hasta ahogarla.
—Es una hermosa noche de luna.
La voz sorprendió mi voluntario destierro como un latigazo de brutal realidad. Casi no tuve que darme vuelta para verla junto a mí. ¿De dónde había salido aquella mujer de cabello alborotado por la brisa marina? Tenía un vestido oscuro que le llegaba hasta los pies, desnudos, blanco…