miércoles, 5 de octubre de 2016

Perdonar sí, olvidar, ¡jamás!


 “Quien no es capaz de perdonar, destruye el punto que le permitiría pasar por él mismo. Perdonar es olvidar. El hombre perdona y siempre olvida; en cambio la mujer solamente perdona.” (Mahatma Gandhi).

Pues se ve que Gandhi conocía algo el alma femenina. Así es, las mujeres somos capaces de perdonar pero olvidar, ¡jamás!
¿Somos rencorosas? No. Somos memoriosas. ¿Se puede perdonar sin olvidar? Las mujeres, por lo menos las que conozco, dirán que sí sin dudarlo. 
Saray, protagonista de "Las Mujeres Raras", se pregunta por qué no puede sanar el resentimiento y perdonar. Difícil pregunta. Tal vez ella encuentre la respuesta en la mochila que lleva a cuestas, literalmente.
Hay mochilas físicas y emocionales. Y éstas son las que más pesan. Perdonar a quien nos hizo daño es liberador. A veces se puede, y otras veces no...
¿Podrá Saray perdonar? Otra mujer, su madre, tal vez la ayude...




Y me fui. Sin mirar a nadie, sin despedirme del cadáver frío y ausente que ya no era mi madre, cuya muerte nos había quitado el manto piadoso que cubría nuestras miserias.
Antes de cerrar la puerta miré a mi padre. Estaba tranquilo, demasiado tranquilo. Quizá repasaba la próxima escena de su tragicomedia de entrecasa para interpretarla cuando lo creyera conveniente. Yo no le creía nada, y él lo sabía muy bien.
La noche, con su frío y su niebla de noviembre, me devolvió la conciencia adormecida durante horas o tal vez siglos en aquel horrible lugar de muerte. Si por lo menos pudiera llorar o gritar o golpear a alguien. Tenía algunos candidatos y candidatas en mente que se merecían un buen mamporro, incluyéndome. ¿Por qué no podía seguir con mi vida sin mirar atrás? ¿Por qué no era capaz de sanar el resentimiento y perdonar? ¿Qué haría de ahí en más con las preguntas que mi madre nunca me podría contestar? ¿Dónde pondría los abrazos que el rencor me impidiera darle?
A veces hay que tener mucho coraje para pensar en lo que se piensa. Pensar inevitablemente, como un condenado a muerte, sin descanso. 

Agobiada por un cúmulo de sentimientos caminé hacia el coche dispuesta a no detenerme hasta llegar al aeropuerto y embarcar en el primer avión que saliera para Madrid.
—«Llévame contigo, Saray».
Hay voces que permanecen, tan inconfundibles. Hay voces que son como una herida en el adentro, que es donde más duelen las heridas. «A partir de hoy vivirás con tu abuela. La casa de mi madre será tu casa».
Hay voces que no pierden su color al traspasar las tinieblas de la muerte. ¿Por qué no estaba sorprendida? Tal vez porque soy una Piñeiro, mujeres raras, que hasta se pueden enamorar de un fantasma.
—¿A dónde quieres que te lleve, mamá? Estás muerta, acabo de dejarte en un espantoso ataúd.
—«Al Camino, llévame al Camino de Santiago».

martes, 4 de octubre de 2016

Un paseo por Viena



Kursalon, Viena. 

Hace un año ya de aquella gran noche (casi dos horas), donde pudimos disfrutar de obras maestras de Strauss y Mozart, además de piezas maravillosas de la rica historia musical de Viena. 
En esta sala bellísima celebró su primer concierto Johann Strauss el 15 de octubre de 1868.


 Ópera de Viena






domingo, 2 de octubre de 2016

El Camino de las Mujeres Raras


Portada completa para la versión en papel. 
Ilustración: Editorial Ikon


¿Por qué las “Cenizas en la niebla” terminan trazando “El camino de las mujeres raras”?
Bueno, tengo varias respuestas al respecto pero prefiero —para no aburrirlos— sintetizarlo en una sola: un día yo, que había parido un magnífico crío (un poco de ego no viene mal), me di cuenta de que ni el nombre ni el ropaje (léase título) le eran afines.
 Metáforas aparte, no es fácil encontrar el título que encarne fielmente la sustancia de lo que el autor quiso expresar en cientos de hojas trabajosamente pobladas de palabras. 
Y como no es fácil, a veces nos equivocamos. Eso pensé cuando me zambullí en mi obra una vez más de tantas, pero en esta ocasión no para corregir sobre lo corregido (la obra no se tocó) sino para ver si los personajes me daban ese título que yo no encontraba.
Y vaya si me lo dieron... ¿Acaso me había olvidado de ellas?
Ellas, las mujeres que pueblan este libro. Raras, excepcionales, con una justa y necesaria chispa de locura, como la abuela de Saray, la protagonista, rara por demás. Insólitas, rebeldes mujeres capaces de vengarse y matar desde la tumba. Y de enamorarse una y otra vez, desesperadamente.
“(Martín) Me espera a mí, mujer imperfecta y desconfiada, que come el amor en tres bocados y luego escapa, huye a donde no la pueda alcanzar el miedo que lleva escrito en el cuerpo”.
Y así, escuchando a mis personajes desde la perspectiva de lectora y no de hacedora, surgió "El camino de las mujeres raras". ¿Les gusta?
Ya con el título definido, faltaba la portada, magníficamente ilustrada por Editorial Ikon. (Gracias Marcela por tu paciencia).

“El camino de las mujeres raras” los está esperando, queridos lectores. No se pierdan, ni se lo pierdan.https://amzn.com/B01LXDJ2X3
¡Que sean felices!

sábado, 3 de septiembre de 2016

¿Me contás un cuento, abuela? (Vicky)



—¿Me contás un cuento, abuela? Uno nuevo.
—Está bien, preciosa. ¿Y de qué te gustaría que fuera?
—De chanchos, cerditos.
—Bueno, a ver… En un hermoso lugar, rodeado de montañas y mucho verde vivía un chanchito…
—¿Con quién vivía?
—Con su mamá, su papá...
—¿Tenía hermanos?
—Sí, cuatro hermanos mayores que él.
—¿Eran nenes o nenas?
—Dos eran machos y dos hembras.
En sus ojos de cielo se pinta una cierta duda, mientras yo espero una pregunta al respecto, que no se produce.
—Ah— dice como si todo estuviera en orden. Entonces yo continúo.
—Este chanchito, que se llamaba…
—No, abuela, el cerdito no tiene nombre.
—Como quieras. Este cerdito que no tiene nombre era el más pequeño de sus hermanos por eso…
—Ya sé, como era el más chico, los hermanos le decían siempre lo que tenía que hacer y él se enojaba.
—Puede ser, pero tal vez lo que hacían los hermanos mayores era enseñarle al chanchito sin nombre algunas cosas que él no sabía porque todavía era chiquito, entonces…
—¿No te das cuenta, abuela?
—¿De qué?
—El cerdito era muy inteligente y podía hacer las cosas solo, sin que los hermanos mayores lo molestaran todo el tiempo.
—De acuerdo, pero…
—Gracias abuela, me gustó muchísimo tu cuento.

Fin, y a otra cosa.
Cuestiones de hermanos mayores y menores.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Las herederas de Los Beatles





Antonio, personaje de "Atreverse", en el monólogo final de la obra.


"Son mujeres…
Discuten a los gritos, se amigan a los llantos, se critican, se halagan, se atacan, se defienden… y nos preguntan, y se preguntan, todo el tiempo y a toda hora. A los hombres nos acusan de ser mentirosos. Depende cómo se mire… Seguramente no mentiríamos tanto si ellas hiciesen menos preguntas… (mira hacia el grupo de mujeres detrás de él).
Si me escucharan no dudarían en acusarme de machista. Sería injusto. Yo las admiro, de verdad, pero por quienes siento una especial admiración es por las mujeres de mi generación. Las herederas de Los Beatles, nacidas bajo la era de Acuario. Las que son capaces de comprarse, al mismo tiempo, una caja de herramientas y un corpiño negro de encaje. Son prácticas, atrevidas, maravillosas y con estilo, incluso cuando nos hacen sufrir.
Casi todas están casadas o divorciadas, o divorciadas y vueltas a casar, siempre apostando a la esperanza de que, esta vez sí va a funcionar.
Como nuestra amiga Delfi, son capaces de engañar al tiempo solo para hacer realidad aquel sueño inconcluso de cuando tenían 17 años. Ellas supieron combinar libertad con coquetería, emancipación con pasión, reivindicación con seducción. Jamás vieron en nosotros, los hombres, a un enemigo a pesar de que nos enfrentan sin miramientos con unas cuantas verdades. Adoran la libertad porque les costó mucho conquistarla…
¿Qué les puedo decir? En su hermosa y seductora madurez, las mujeres de mi generación son fascinantes y admirables, ¿no les parece?".

jueves, 7 de julio de 2016

Soltar amarras

¡Hola guapo!
¿Qué tal el nivel de estrés?

Viendo a este señor relajadísimo en el "patio" de su casa flotante, me pregunto qué le pasará por la cabeza al ver las incesantes ordas de turistas surcando las aguas de "su" canal cámara en mano, como yo misma.
Cigarrillo a medio consumir entre los dedos, un vaso con su bebida favorita haciendo equilibro sobre un larguero y cara de... ¿aburrido, indiferente?
¿Qué pasaría si su casa soltara amarras? ¿Se vería tan despreocupado? Tal vez no.
Dejar lo seguro siempre asusta. Pero es mucho más emocionante, sin duda.
Soltemos amarras, pues...


(Casa flotante en los canales de Amsterdam)


jueves, 14 de abril de 2016

La maleta



¿Qué significado tienen las maletas en la vida de cada uno de nosotros?

En la mía, una maleta de madera y cartón me marcó para siempre.

Ya va siendo hora de preparar la próxima melata... 


sábado, 3 de octubre de 2015

Los "monologuistas"



Hace tiempo que abandoné la idea de cambiar el mundo por otra más real de fomentar cambios en mí.
De todas maneras, estoy hasta el moño de los monologuistas (permítanme el neologismo). Son esos seres egoístas que solo se escuchan a sí mismos y al móvil, eso sí...
Cada vez hay menos gente con quien conversar, realmente conversar: tú me hablas, yo escucho atentamente y cuando terminas te doy mi parecer al respecto y así se va enriqueciendo la charla. Parece una tontería lo que estoy diciendo pero según mi experiencia ya nadie tiene tiempo para escuchar al otro y entablar un buen diálogo.
Entiendo que tiene que haber egoístas-monologuistas, como tiene que haber de todo. ¡Pero se reproducen como la hierba mala!
Lo gracioso es que esas gentes muchas veces te dan lecciones de cómo cambiar el mundo, ¡como si les preocupara realmente! Pero si no les importa saber qué le pasa al que tienen al lado, enfrente o a unos cuantos metros alrededor, ¿cómo les va a interesar lo que sucede del otro lado del planeta?
Debe ser que es más fácil lamentarse por lo que está lejos de nuestro alcance que comprometernos, implicarnos con quien tenemos al lado, y nos mira a los ojos obligándonos a revisar nuestras actitudes. Tal vez por eso no escuchar es una opción.
¿Qué tal si comenzamos por atender la casa chica, es decir, uno mismo? A partir de ahí tal vez podamos modificar en algo la Casa Grande, nuestro mundo tan maltratado e ignorado desgraciadamente.
Por suerte a mí aún me quedan algunas personas con quienes disfrutar de una buena conversación para contrarrestar a los tantos y tantas que no saben escuchar a sus semejantes porque solo se escuchan a sí mismos.
En estos tiempos de cultura light la palabra (las palabras) ha sido tan devaluada que fue sustituida por la imagen. Una pena, porque las dos no son incompatibles si se las sabe armonizar.
¡Ah!, yo también me incluyo entre los monologuistas, pero les aseguro que cada vez estoy más atenta para evitar cometer semejante falta de respeto y consideración hacia el otro.

martes, 15 de septiembre de 2015

El Mundo solo da vueltas alrededor del Sol



Hoy, revolviendo archivos en mi ordenador encontré la carta que sigue a estas líneas, que le escribí a mi amiga Carmen Carballo, en respuesta a una de ella, hará en unos días 15 años. Yo misma me asombro al comprobar que excepto que ahora las madres españolas les podemos dar la nacionalidad a nuestros hijos mayores (una lucha bien ganada desde la inmigración), y que los argentinos no emigran compulsivamente como en aquella época, todo pero todo lo demás podría ser escrito ahora mismo. En mis días optimistas pienso que nuestro Mundo terrenal pareciera avanzar hacia el perfeccionamiento y el desarrollo de la Humanidad, pero no me dura mucho, visto lo visto... 
La verdad es que solo da vueltas alrededor del Sol.



Buenos Aires, 27 de setiembre de 2000

Hola Carmeliña. Me gustaría poder regalarte un pedazo de primavera recién estrenada, pero la verdad es que no encuentro las motivaciones que me inspiren al menos una parecida semblanza como la regia reseña que tú hiciste del otoño gallego. No sé si será por el halo del más oscuro pesimismo que envuelve el ánimo del colectivo argentino (del que no soy ajena), o si tan sólo es cosa mía. Como nada es casual en la vida, sospecho que algo de las dos cosas habrá para que me cueste encontrar aunque más no sea un modesto signo poético que ensalce a la estación del amor, según dicen. Como si el amor tuviera épocas, días u horas preestablecidos para explotar en nuestro corazón...
En fin, querida amiga, que ya te habrás dado cuenta que mi inspiración no anda por estos días encaminada por el lado más romántico, sino más bien del lado de la rabia, de la impotencia, del descontento, del hastío, de una profunda sensación que se te va haciendo carne y que quisieras materializar en un gran portazo, de esos que dejan al indeseable del otro lado con un palmo de narices, y si le pillas la mano en tan poco diplomática acción, pues mejor... No te asustes, no estoy sufriendo de algún rapto paroxístico —aún—, solamente intento reflejar lo que se ve, lo que se siente y palpita desde el pozo más profundo del hartazgo en el que me encuentro, y en el que no estoy sola —y esto de ninguna manera es un consuelo—, pues estou acompañada, rodeada, del común de la sociedad argentina.
Y esto de pegar el portazo no es ninguna metáfora. Si las puertas automáticas del aeropuerto internacional de Ezeiza fueran una sola y de madera, los portazos que pegan los cientos de miles que se van se escucharían hasta en el Polo Norte. Mientras, la dirigencia política “que supimos conseguir” está sorda, ciega, aunque por desgracia no muda. Hablan y hablan sin importarles si lo que dicen es medianamente creíble o si se trata del más patético disparate. Sufren de una diarreica verbosidad crónica y muchos de ellos, de inmoralidad congénita. Y los del llano ya no sabemos a quién creerle; y esto se lo debemos a los que en lugar de representarnos y abogar por nuestros derechos, perpetran con total impunidad los más devastadores atentados a la confianza que depositamos en ellos. Y así pasan los años; y los dirigentes corruptos, estólidos y de mala fe se renuevan como las malas hierbas. A estos políticos no les importa nada, lo que se dice nada de su país; están muy ocupados en enriquecer su patrimonio a costa del hambre del pueblo.
Y tú me preguntas cómo vivimos los inmigrantes esta situación de debacle —que parece no tener fin ni remedio— que padece este hermoso país... sin rumbo. Pues ya ves, Carmen, con la misma sensación de indigestión y saciedad que envuelve a los argentinos nativos, pero con la sustancial agravante de arrastrar la pesada carga de tener el alma partida en dos y sin esperanzas de que algún día esos pedazos se puedan juntar.
Cuando emigramos, lejos de azotar las puertas, las cerramos cuidadosamente, amorosamente, casi para que la tierra, nuestra tierra, no se diera cuenta de que nos íbamos, para que no sufriera por nuestra ausencia, con el mismo amor que se pone en cuidar a la madre que se deja quizá para siempre. Hoy nos encontramos lejos, en el medio de la nada y con ganas de pegar el más fenomenal de los portazos. Pero voy a hablar en primera persona para no involucrar a quienes piensen distinto, aunque también sé, porque lo palpo a diario, que muchos sienten, como yo, que si un día dejamos nuestra tierra con los ojos puestos en un horizonte de esperanzas, hoy estamos hartos de esta lucha sin cuartel para mantener lo poco o mucho que ganamos con nuestro esfuerzo, con nuestro trabajo. Porque nadie nos regaló nada, y está bien que así sea, pero tampoco es justo que nos metan la mano en el bolsillo permanentemente, y no para ayudar al crecimiento del país sino para engrosar las arcas de los funcionarios de turno con una inmoralidad de tal magnitud, que da asco. Esto más el descreímiento, la falta de futuro —sólo por decir algo de lo mucho que subyace en la vapuleada y burlada sociedad argentina— facilitan que hoy muchos querramos pegar soberanos portazos y dejar atrás la tierra que nos cobijó durante tantos años, en la que formamos nuestra propia familia, y a la que queremos profundamente.
Vaya paradoja del destino... Aquellos mismos gallegos que encontraron en la Argentina el paraíso perdido donde sembrar los sueños y las esperanzas que les negaba su propia tierra, ahora sienten, sentimos, que otra vez nos robaron esos mismos sentimientos de ilusión, de fe en el futuro, aunque no —y gracias a Dios— el espírito de lucha que siempre nos caracterizó y nos distinguió allí donde pusimos el pie.
Nuevamente estamos como al principio, pero con más años y frustraciones encima. La realidad de los inmigrantes, querida Carmeliña, no difiere de la del resto de los habitantes, porque formamos parte de ella. Y esta realidad es la del descrédito y la desconfianza generalizados; la de los antivalores, que ganan terreno y se extienden de norte a sur como el fuego en el monte; la que está inmersa en una enorme, desmesurada gravedad política e institucional. La realidad de una vida diaria donde lo más barato es el honor; donde mientras los delincuentes están libres a su antojo, la gente honrada está presa del miedo y la desesperanza; donde los ejemplos que recibimos de quienes ocupan los puestos más relevantes del poder harían sonrojar al mismísimo Alí Babá... La Argentina perdió el rumbo, y por el momento ni miras de que pueda encontrarlo...
¿Qué esperanza podemos tener con semejante panorama? En el Consulado español no saben qué hacer ante la avalancha de gente de todas la edades que quieren, algunos, retornar al lugar donde nacieron; otros, probar suerte en la tierra de sus mayores, que llegaron aquí buscando lo mismo que ellos quieren encontrar allá. Buscan y rebuscan en sus ancestros para hallar alguna gota de sangre española que les permita abrir aunque más no sea un ventanuco hacia el futuro. Y si no la encuentran, igual se marchan, a la aventura, a lo que sea, que por malo que parezca siempre será mejor que lo que tienen aquí.
Esta es apenas una semblanza del presente sin futuro que tenemos hoy. ¿Así que ahí se habla de los gallegos ricos? Pues seguramente que los habrá, y de hecho los hay, pero también están los otros, los que llegaron a tener un buen patrimonio y ahora apenas pueden mantenerlo. Y ya que estamos hablemos de la gran mayoría que vive con lo justo... para no morirse de hambre. ¿Acaso los inmigrantes que se manifestaron por las calles de Buenos Aires hace poco salieron a divertirse? Claro que no; salieron a reclamar por las exiguas pensiones que les llegan de España, para pedirles a los políticos que dejen de hablar y prometer solamente para conquistar los votos de la inmigración, y después... si te he visto ni me acuerdo... hasta las próximas elecciones.
Aquí estamos todos metidos en el mismo berenjenal, si no que lo digan los más de 30 españoles (en una población de no más de 100) que fueron recogidos de la calle y llevados a un albergue a cargo del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, donde los atienden y cobijan hasta que Dios disponga. La colectividad sobrevive como puede, o como la dejan. Pero en este punto es necesario hacer una autocrítica, que nunca está demás si es que pretendemos mejorar. La gente que está al frente de las instituciones que fueron pilar fundamental para los inmigrantes se quedó aferrada a un pasado caduco, y lo que es peor, aferrada y atrincherada a su puesto de mando sin dale oportunidad a las nuevas generaciones.
Sin querer generalizar, porque las excepciones, aunque escasísimas, existen en todos los órdenes, se puede decir que las asociaciones de la comunidad pasan de mano en mano, siempre dentro de un mismo y pequeño círculo de gente que le teme a los cambios, que no quiere admitir que quizá los más jóvenes cuentan con armas más valederas y eficaces para luchar en este mundo globalizado. Y entonces vemos entidades obsoletas, esperando que les llegue de Galicia la ayuda que las salve de la desaparición... que sus mismos dirigentes están propiciando, o al menos haciéndose los desentendidos.
Lamentablemente, les preocupa más qué van a comer en los xantares que los agrupa cada domingo o de enfrentarse en vanas discusiones por vetustas antinomias que ver de encontrar la manera de incrementar el conocimiento de nuestra cultura, de nuestro idioma, de cuidar el patrimonio de la inmigración, el mismo que nos legaron tantos intelectuales inmigrantes, que no sólo enriquecieron la historia de Galicia sino también la historia argentina. Pero al parecer todo apunta a que la huella de los inmigrantes desaparezca junto con quienes aún nos preocupamos por mantenerla viva. Estas instituciones languidecen y sobreviven milagrosamente, igual que muchos inmigrantes, esto no hay quien pueda negarlo.
Pero a fuer de ser sincera debo decir, querida Carmen, que hay veces que hasta el amor más profundo que nos une a nuestra tierra se enrarece con el enojo cuando escuchamos que en Galicia ya ni nos quieren nombrar a los inmigrantes como tales sino con circunloquios como “gallegos del exterior”, o también “gallegos americanos” como le dijeron a una inmigrante que insistía al llegar a Galicia en sacar su documento español, al referirse la empleada a que los así nombrados eran los que más problemas tenían a la hora de presentar los papeles.
Pero por más que los políticos amañen las palabras a su gusto y conveniencia, Galicia nunca podrá sacudirse de las espaldas con la frase “gallegos del exterior” —que se me antoja totalmente desvalorizadora— la sangría de la inmigración, ese reguero que pese a quien le pese no está seco ni mucho menos, porque está regado por las lágrimas y el amor que une a miles y miles de inmigrantes a su lejana tierra. Somos muchos/as los que no se nos da la real gana de permitir que nos endilguen el mote “gallego de...” para embellecer un pasado teñido de desesperanza. A mi entender Galicia, sin proponérselo, pero sin poder evitarlo, niega, suprime de su inconsciente colectivo ese pasado no demasiado lejano en que millones de emigrantes abandonaban su tierra por hambre o por falta de futuro como consecuencia de una estructura social feudal y anacrónica.
Así que “gallegos del exterior” y no inmigrantes... Pues no admitiré, al menos no en mi cara, que me nombren de esa manera. Yo soy española porque soy de Galicia, y soy de Galicia porque soy de Pontevedra, y soy de Pontevedra porque soy do Busto, aldea maravillosa donde mamé mi esencia. Por lo tanto, soy gallega hasta el tuétano y a secas, pero como emigré a la Argentina, soy inmigrante, inmigrante gallega, para más datos. Querer borrar la palabra inmigrante es querer borrar a los inmigrantes. Los mismos que nunca se olvidaron de su tierra y que desde sus lugares de exilio ayudaron a reconstruirla y a mantener viva su cultura allí donde estuvieran, cada quien desde el lugar de sus posibilidades e ideales.
Es bien cierto que no se puede enmendar el pasado, pero tampoco se debe renegar de él. Hay algo que es superior a la historia, y que incluso está por encima del pasado, y que es la auténtica, la verdadera tradición de Galicia, esa energía étnica que vive en el fondo de la conciencia, en la misma raíz de nuestros instintos y en la entraña granítica de nuestro suelo. Desde ese lugar Galicia, España toda sabe que debajo de la piel de los “gallegos del exterior” subyacen los inmigrantes a quienes se les habían muerto las esperanzas y los sueños, pero que aún no se les habían muerto las ganas de luchar.
Hay una oleada de españoles aquí en la Argentina, esa que viene a hacer negocios o a trabajar en las grandes empresas españolas, que no tiene, ni quiere tener ninguna relación con aquella otra oleada que desembarcó en este país hace muchos años, llamada inmigrantes. Si los ignoramos, dirán los “nuevos colonizadores”, es como si no existieran, como si nunca hubieran existido; y una buena idea es cambiarles la vieja denominación que recuerda un pasado que duele y avergüenza por una más acorde a los tiempos modernos, a los tiempos de la cultura y los sentimientos light.
Y después los políticos españoles se llenan la boca diciéndonos que desde sus puestos de poder luchan denodadamente por los derechos de los... “españoles del exterior”. Palabrería, mucha palabrería... Lo que no saben esos políticos que llegan a hacer lo suyo, es que los que aquí vivimos tenemos los oídos encallecidos de tanto escuchar a los locales “hacernos el verso”, como se dice en criollo; lo que traducido sería algo así como gastar y malgastar palabras y frases bonitas para convencer al otro de lo que “únicamente” a ellos les conviene.
Ni siquiera lograron —¿hicieron el intento?— que las mujeres inmigrantes podamos darles a nuestros hijos nuestra nacionalidad de origen. Ese privilegio lo tiene el padre, pero no la madre. Una de estas mujeres —una luchadora incansable llamada Maruxa— mandó cartas a las personalidades más encumbradas de España pidiendo se revea esta injusticia; entre ellas, al presidente de la Xunta. ¿Y sabes qué le contestaron del Gobierno de Galicia? Que ese problema lo tenía como consecuencia de haberse casado con un argentino... ¿Te parece que es una contestación para darle a una mujer que solo exige tener los mismos derechos que sus pares los hombres? Vaya torpeza u osadía la de estas mujeres, que al enamorarnos de un “extranjero” no tuvimos en cuenta que las leyes españolas nos dejarían fuera de su magnánimo amparo.
Carmucha, ya ves que la primavera está lejos de predisponerme a la ensoñación o al romanticismo, más bien me tiene detrás de la trinchera. Será porque a mí me gusta más el otoño...
Te doy un fuerte abrazo a la distancia, pero no distante, y te mando todo mi cariño.

Gotas de lluvia

Incontables gotas de lluvia deciden morir en mi ventana. Se estrellan con furia para luego resbalar en un largo dejarse ir.   Cal...