
Sin duda el tiempo está desorientado, confundido, trastocado, aturdido, y si no cómo es posible que el invierno de Buenos Aires nos “regale” 34 grados de temperatura. Y el confundimiento nos alcanza por igual a la naturaleza y a los sufridos mortales. Así veo cómo las plantas de mi balcón florecen y se llenan de renuevos como en plena primavera, y yo por no ser menos me pongo en situación y ocupo la tarde en ventilar rincones, airear placares, poner ropa de verano donde tendría que estar la de invierno. En fin, que en mi trasegar de confusiones climáticas me topé, sin pensarlo, con el poco visitado cajón de mis recuerdos, y antes de que pudiera darme cuenta estaba militando en la memoria, buscando el tiempo perdido en fotos, tarjetas de felicitación… y un cuaderno de tapas azules en el que les escribía a mis abuelos Pilar y Joaquín cuando estaba dando mis primeros pasos de emigrante (con tan solo once años) y que nunca quise mandárselas porque ellos no sabían leer y me negaba a que alguien se las leyera y se enterara de “nuestros” secretos.
El siguiente texto es una de aquellas cartas, en la que a caballo de las arrugas del tiempo cabalga mi letra menuda, llamativamente desprolija y esforzada. Cada trazo y cada manchón de tinta parecen hablar de ausencias que duelen, de rabia sorda arrojada en el papel como una piedra en el agua quieta de un estanque. Los círculos concéntricos de la memoria alborotan el alma infantil de ayer, y también la de la madurez de hoy. ¿Acaso no es la misma?
Querida abuela: espero que esté bien de salud, lo mismo que el abuelo. Yo por el momento estoy bastante bien, aunque últimamente me duele un poco el estómago. Debe ser porque los extraño mucho o por la comida, que no me gusta nada porque todo es con carne de vaca, ni la escuela me gusta. Hoy empecé. La maestra es muy buena y se llama señorita Mercedes. Me sentó al lado de ella en el escritorio, así que cada vez que levantaba los ojos veía a todos los chicos mirándome raro. También tenemos un descanso que aquí llaman recreo. Fue muy feo porque yo no supe dónde ponerme ni qué hacer. Algunos chicos jugaban a juegos que yo no conozco y otros hacían rondas para hablar en voz baja mientras miraban para mí.
Tenía muchas ganas de llorar abuela, pero no se preocupe que ya aprendí a llorar para dentro, como usted me enseñó, así que nadie se dio cuenta. Tampoco se dieron cuenta de que hablo mal el castellano porque hablo gallego. Y no se dieron cuenta porque solo dije sí y no, si me preguntaban algo. La señorita Mercedes me hizo escribir en un papel mi nombre, los años que tengo, el nombre de mamá y también el de papá. Y aunque no me lo pidió, también escribí el suyo, el del abuelo y el de O Busto. La señorita Mercedes me miró raro después de leerlo, y yo tuve miedo, aunque ella tiene cara de buena. Se ve que le caigo bien porque echó una sonrisa y después me acarició el pelo, y también me dijo que tengo buena letra.
Cómo se ve que no conoce a mamá ni los sopapos que me tragué hasta que aprendí a escribir como ella quería. ¿Se acuerda abuela cuando usted o el abuelo algunas veces me salvaban de estar escribiendo toda una tarde de lluvia? Aquí todo es distinto, hasta la lluvia; los truenos tienen otro sonido, y no hay niebla, y el cielo no tiene nubes con forma de conejos ni de zorros ni tampoco de lobos. Aquí el cielo es muy estrecho.
Abuela, espero que pronto mamá y papá se convenzan de que yo aquí no me acostumbro y me dejen volver con ustedes. Bueno, ahora tengo que hacer los deberes para mañana, así que le mando muchos besos y un tirón de bigotes para el abuelo. También le mando saludos para los tíos y mis amigos de la aldea. Los extraño mucho. También extraño a Mora. Cuídenla para que no se escape al monte cuando no se puede cazar, porque usted ya sabe que ponen veneno. Y otra cosa abuela, ¿se acuerda cuando usted me decía que yo siempre andaba papando moscas, y yo le decía que no era eso sino que estaba buscando sueños, como hacía el chico de aquel libro que me regalara el tío Juan? Bueno, pues ahora sí que ando papando moscas porque los sueños no los encuentro.
De corazón
Carmen