Ayer “Amorina” llegó a su fin, y no quería dejar pasar ni un día más sin agradecerles a quienes me acompañaron a lo largo de este mes de octubre, que confieso se me hizo interminable.
Sobre todo quiero enviarles un saludo muy especial a “los incondicionales”, quienes siguieron las peripecias de “Amorina” y dejaron sus inteligentes y cariñosos comentarios, que agradezco de todo corazón. Pido disculpas si no los contesté a todos, es que "Amorina" superó todos mis tiempos.
Fue una experiencia muy interesante y gratificante, pero no volvería a repetirla, se los aseguro.
Escribir es para mí una de mis grandes pasiones, pero cuando se convierte en obligación llega a ser agobiante y ya no se disfruta.
De todas maneras, estoy muy feliz y satisfecha con esta novela, escrita de manera tan poco convencional.
La vida amaneció despacio aquel lunes de mayo en Amorina, donde el amor había vuelto a alimentar sus piedras con memoria ancestral. Mora espera el nuevo día sentada en el parladoiro espiando la noche, que se llevó a Santiago y sus besos, a Santiago y sus palabras que se hacen magia en la punta de los dedos cuando la acarician. Llevo tus ojos atados a mi corazón. Pase lo que pase y esté donde esté, siempre atados a mi corazón. Inspira profundamente queriendo impregnarse de todos los olores que llenan el aire que entra suavecito en sus pulmones. Una mezcla de hinojo con brisa de mar, un poco de hierba luisa y otro poco de menta, y el aroma de sus roscones recién hechos envolviéndolo todo. “Tu casa huele como tú...”, le había dicho Santiago. Sin embargo, había otro aroma más, aquel que se le volviera vicio repentino, pero que solo ella podía sentir y gozar. Ella y un aprendiz de cantero que se enamoró de una mujer que solo viviría en sus piedras. Sin hacer ruido para no despertar a Maisa bajó a la cocina solitaria. En un lugar apartado estaba el roscón que ella misma guardara. Lo envolvió con mucho cuidado y salió silenciosamente de la casa. Esta vez el camino a Las Acacias le pareció eterno. Confió en que a aquellas horas ninguna de las Campelo estuviera en la ventana, y así fue. Nadie la vio cuando llegó a la casa de la Vieja. La puerta estaba entornada, y después de unos instantes de duda la empujó con suavidad y entró. La oscuridad no le permitía ver bien. ¡Señora!, llamó dándose cuenta de que no sabía su verdadero nombre. ¡Señora!, repitió mientras avanzaba.
—¿Qué quieres entrometida?
Allí estaba, echada en la mecedora que ya no se movía. Se acercó despacio hasta llegar a su lado y escuchar su respiración desbaratada. Sintió pena por ella, pero no podía echarse atrás.
—Vengo a traerle un roscón hecho en la casa Amorina por mí y por algunas mujeres de Las Acacias. Está delicioso, huele de maravilla y sabe mejor. Puede comerlo con tranquilidad, le va a sentar muy bien.
Mientras hablaba Mora desenvolvió el dulce y lo sostuvo frente a la anciana, a la altura de su cara. Como si quisiera saltarle encima la Vieja se incorporó a medias en la mecedora barriéndola con sus ojos broncos y acuosos.
—¡Maldita seas! ¡Vete de aquí ahora mismo!
—¿Por qué no acepta el roscón? ¿Acaso tiene miedo de que lo haya envenenado?
—No serías capaz, no tienes suficientes ovarios.
—Pero usted sí los tuvo ¿no es cierto? Envenenó los roscones de Amorina sabiendo que los compartiría con Julio, su novio. Así los mató y el pobre José cargó con la culpa. ¿Cómo hizo para que no se investigaran sus muertes?
—Te crees muy lista; viniste aquí para que te confirme tus estúpidas sospechas, pero te vas a quedar con las ganas —dijo la anciana destilando una furia triste y patética.
—No hace falta que lo confiese, yo lo sé y usted lo sabe.
—Vete a la mierda estúpida mujerzuela, nunca vas a tener paz en esa casa maldita, te lo aseguro.
—No le tengo miedo, ni a usted ni a sus maldiciones. La gente volverá a ser feliz por aquí mientras que usted estará revolcándose en la tumba acorralada por su odio sin tiempo ni fin.
Los insultos de la Vieja persiguieron a Mora hasta la puerta. Antes de cerrarla se volvió a mirar la lúgubre escena: la anciana asesina blasfemaba intentando, inútilmente, incorporarse con la evidente intención de destrozar el roscón, mudo mensajero de un tiempo remoto que resplandecía encima de la mesa. Cuando salió a la carretera Mora aún temblaba. La carga de rencor que había en aquella mujer hacía encoger los huesos. Ahora sí todo estaba en su lugar. Nada diría de lo que había descubierto; para qué. Las Acacias y su gente merecían mirar hacia el futuro, y ella también. Evitó pasar por la casa de las Campelo. Pronto las vería y tomarían aguardiente juntas mientras hacían roscones. Aquella misma noche murió la Vieja. Los vecinos de aquel pueblo que se empeñó en resistir fueron a su entierro, Mora también, y Maisa con su Manuel bien tomaditos de la mano. A Rosa —que había aceptado seguir con su trabajo en la casa— la acompañaba Ramiro, que se escapó en cuanto vio a Mora sola para decirle que ya había terminado la cara de la mujer de la ventana. Era igual al retrato que hiciera en papel, excepto por un detalle: ya no tenía sonrisa triste porque la última vez que la viera estaba muy contenta. Hay cosas para las cuales no hay explicación, y Mora tampoco tenía intenciones de buscársela. Se sentía muy feliz e ilusionada, y Santiago mucho tenía que ver en eso.
—¡Hola marinero!
—Hola, hacedora de roscones. Te echo de menos.
—Igual yo. Te espero esta noche a cenar, y de postre te haré probar un roscón que es una rapsodia de amor.
—No veo la hora de saborearlo, como a ti…
Sobre las acacias viejas duermen pájaros nuevos y vagabundos su siesta de primavera. Mientras, la rueda del tiempo sigue girando en un perpetuo retorno.
La voz y la sonrisa de Santiago arrullaron el sueño de Mora aquella noche. Amorina se había retirado, dejándole solo el aroma de sus roscones.
¡Los roscones! Gritó Mora despertándose cuando las sombras comenzaban a huir a caballo del sol. Y siguió gritando mientras saltaba de la cama como poseída.
—¡Despierta Maisa! ¡Son los roscones, ahí está el secreto!
—¡Odio que me despierten a los gritos!
—La respuesta está en los roscones. Solo espero llegar a tiempo para comprobarlo.
—Me voy a divorciar de ti, entérate de una vez. Te dejo los roscones, la casa, al cantero parvo y a su amiga de la ventana y también a las viejas estrambóticas. Me llevaré solo lo puesto, pero ¡déjame dormir!
Eso no iba a ser posible aquel domingo en Amorina. La ansiedad de Mora logró que a las ocho de la mañana estuvieran desayunando en la cocina las caras largas y adormiladas de Rosa, Laura y Maisa. Lo único que se escuchaba era el pico de Ramiro moldeando en la piedra un rostro que los dos conocían.
El tiempo iba pasando y el nerviosismo de Mora era tan incontrolable como el malhumor de sus compañeras. Hasta que el ruido del motor de un coche las alertó. La primera en salir poco menos que corriendo fue Mora, que se calmó al instante al ver como del coche de Manuel descendían las tres hermanas Campelo en un jolgorio de protestas, risotadas y bolsas varias.
Mora abrazó a cada una feliz de que estuvieran allí. Claudina era la más reticente y no estaba para nada convencida de estar en aquel lugar que tan mala fama tenía. Maisa se olvidó de su mal humor prendiéndose del cuello del argentino, al que despidió de mala gana prometiéndole que pronto iban a estar juntos, lejos de su alocada amiga.
La cocina es el lugar donde anida la memoria y se forjan los afectos, la cazuela donde hierven los valores hasta que maduran. Y la cocina de la casa Amorina no tenía por qué ser menos, pese a su mala reputación.
La luz primaveral y la verbena de las palabras sobrevuelan las cabezas de aquellas siete mujeres convocadas por una de ellas para exorcizar con masa nueva los roscones viejos. Formando un círculo alrededor de la mesa cada una va agregando los ingredientes que la recién asumida jefa de cocina, Claudina Campelo, les va indicando: huevos por aquí, harina un poco más, levadura la justa, manteca un poco menos, una copa o dos de anís, y otras dos de aguardiente de hierbas, dijo Mora desafiando la autoridad de la jefa, que se negó a practicar semejante sacrilegio en “su” receta, aunque pronto tuvo que sucumbir ante los ruegos de la dueña de casa y su séquito.
Cuando la masa estuvo lista Claudina la repartió en cuatro bollos, que bajo las animadas manos de aquellas mujeres voluntariosas fueron tomando su forma circular, como los ciclos de la naturaleza.
Es la rueda del eterno renacer, el símbolo de que todo vuelve a empezar. Vamos a brindar por nuestros roscones, dijo Mora mientras servía aguardiente para todas. Al calor de la amena y distendida conversación la masa fue levando hasta llegar a su punto justo, cuando Claudina ordenó que ya era hora de meterlos en el horno.
Mora estaba eufórica. Pronto llegaría Santiago con su fragancia de romero y sol. Y ella lo esperaba con su casa impregnada del olor de “sus” roscones. Sola, o quizás no tanto. En el cobertizo Ramiro seguía dibujando en la piedra con fervor inusitado.
Rosa se fue con su hermana y las Campelo se embarcaron en el coche de Manuel, con un roscón en las manos y Maisa de acompañante. Parecían felices y aliviadas de sus antiguos temores. Todo había salido como pensara, excepto que aún le quedaba una cuenta pendiente en Las Acacias.
Unos suaves golpes en la puerta borraron todo pensamiento y aceleraron su pulso.
—Santiago Barrantes, bienvenido a mi casa —dijo mientras se anidaba en el continente de sus brazos.
Le gustó el abrazo estrecho y contenedor, pero mucho más su voz murmurándole al oído: hueles a masa y a anises. Hueles a roscón del cielo.
Santiago y sus besos largos capaces de mudarle la piel del alma hasta dejarla desnuda y vulnerable. Tu casa huele como tú, y me gusta.
Y tú me rebasas, me arrebatas, me rindes, te deshaces en mi alma como la miga blanda, suave, perfumada y húmeda del primer roscón que salió de mi cocina. Aún lo siento en mi boca, como tus besos.
Si todo ha estado mal desde hace años en Las Acacias, llegó la hora de que algo esté bien. No voy a subordinarme a una estúpida leyenda que puede que ni haya existido. Hubieras visto a esa anciana, ríspida, hirsuta, erizada, intentando manejarme como lo habrá hecho tantas veces con gentes sugestionables y supersticiosas. Mora no había dejado de hablar desde que Maisa pusiera los pies en Amorina. La visita a la casa de la Vieja la había dejado excitada y combativa.
—Por Dios cariño, fíjate en lo que dices. Estás hablando de una pobre viejecita que ya debe estar pidiendo pista en el otro mundo. Dime exactamente qué pasó que te ha dejado con semejante subidón.
Mora le contó no solo lo que la Vieja le dijera sino también cómo había tratado de manipularla con sus gestos, lectura de manos, palabras a medias y miradas cargadas de malintencionados mensajes.
—Mientras más horas pasan desde que salí de su casa más segura estoy de que fue ella quien echó a correr el mito de la maldición de los roscones de Amorina. Esa mujer no es de fiar, te lo aseguro.
—Sé lo intuitiva que eres, pero estás llegando a conclusiones demasiado temerarias. Piensa que con quienes hablamos y tenemos noticias, están convencidos de que todas las desgracias que cayeron sobre Las Acacias y su gente desde casi un siglo a esta parte, son atribuidas a la maldición que Amorina les echó cuando la asesinaron junto con su amante en un lecho de roscones: novios que escaparon por miedo, marineros ahogados en el mar, mujeres condenadas a la soltería, y un pueblo muriendo de apoco por el presunto dedo admonitor de una muerta.
—Nada extraordinario que no pueda pasar en cualquier lugar. Claro que si queremos demonizar a alguien a quien odiamos, vamos a inventar una historia de maldiciones y hechicería para que la sugestión colectiva le apunte a la bruja, que no hace falta quemarla en la hoguera porque ya está muerta y no se puede defender. Los roscones de Amorina repartieron solo amor, estoy segura, pero el despecho de una mujer convirtió ese don que ella no tenía, en daño y rencor por varias generaciones.
—Viéndolo así, parece razonable ¿pero cómo piensas demostrarlo y revertir la nefasta leyenda? Mira que si te equivocas y pones en evidencia a la Vieja ya puedes ir poniendo en venta la casa que acabas de comprar.
—En principio haciendo roscones, aquí en esta casa donde todo comenzó. Cocinar cuantos roscones sean necesarios para que nadie más tenga miedo de nombrarlos. La casa Amorina se especializará en el postre más gozoso: roscones, roscas de Pascua, de Reyes, serán “nuestro” sello de distinción. Haremos publicidad hasta debajo de las piedras para todos lleguen a probar el postre típico de la casa Amorina.
—¿Y quien los va a hacer? Tú no sabes freír ni un huevo y yo no voy más allá de un buen bocadillo.
—Las hermanas Campelo, con Claudina como jefa de cocina. Las invité a venir mañana por la mañana para que todas nos pongamos a cocinar roscas aromáticas y deliciosas.
—Tú estás delirando. No creo que la supersticiosa Claudina pise la cocina con fama de embrujos y hechizos al por mayor. Y en cuanto a que “todas” vamos a cocinar, a mí no me incluyas porque saldré con Manuel a hacer travesuras por ahí.
—De eso nada. Tú te quedas como lo hago yo, que también recibí una invitación que en otras circunstancias ni muerta hubiera rechazado, y sin embargo hoy lo hice.
Entonces Mora le contó que el escribano la había llamado por teléfono para invitarla a navegar el domingo temprano en su pequeño velero, y pasar el día juntos. Soy un eterno viajero que tiene muchas ganas de encontrar un puerto donde amarrar su barco.
—¿Y después de ese mensaje subliminal tú le dijiste que no por quedarte a cocinar roscones con unas viejas locas, si es que vienen? Amiga, creo que ese olor que tanto te gusta te trastornó los sentidos.
—Pues Santiago entendió que tenía ocupada buena parte del día, y entonces quedamos en vernos a la tardecita. Lo invité a pasear por el monte.
En la cena Mora les comunicó a Rosa y a Laura que estuvieran preparadas para amasar roscones por la mañana bien temprano. Las dos pasaron del asombro a la hilaridad cuando les dijo que las hermanas Campelo vendrían —en eso confiaba— a cocinar con ellas.
—Le va a gustar a la mujer de la ventana, ella también hace roscas —dijo Ramiro entrando en la cocina con sonrisa feliz.
No bien la puerta se cerró detrás de sí Mora inspiró gozosa el aire limpio y tibio. Se sentía confusa, contrariada y llena de dudas al salir de la casa de la Vieja. ¿Cómo se había metido en aquella disparatada situación?
Como una autómata echó a andar por la carretera mientras encendía el móvil que había tenido la precaución de silenciar. Eran las dos de la tarde de un sábado espléndido para disfrutar de un buen paseo y ella había estado perdiendo el tiempo con una vieja malencarada que terminó echándola de su casa. Aún tenía que acomodar sus ideas, pero de lo que estaba segura era de que volvería a estar frente a aquella mujer
.
El sonido del móvil la despertó de sus cavilaciones.
—¿Por qué no me atiendes? ¡Estaba preocupada! ¿Estuviste con la Vieja?
—Tranquilízate Maisa, esta noche te cuento todo. No te entretengas demasiado con el argentino que voy a estar esperándote para cenar.
Antes de llegar a la casa de las Campelo las vio en la puerta esperándola muy inquietas. “Pensamos que la Vieja te había secuestrado”. “¿De qué estuvieron hablando tanto tiempo?”. “¿Te contó algo nuevo?”.
Ni nuevo ni viejo, les contestó Mora. La Vieja solamente quería saber lo que ella sentía respecto del olor de los roscones. Lo que no les dijo a las Campelo fue a lo que había llegado después de aquella aparentemente fracasada entrevista, aunque tenía en mente algo para lo cual necesitaba de la colaboración de las hermanas.
—Tengo que pedirles un favor, especialmente a usted Claudina. Quiero que me enseñen a hacer roscones, o roscas, como le quieran llamar.
—¡¿Qué dices?! Nos estábamos llevando bien, y nos sales con ésas. ¿Acaso fue la Vieja la que te convenció de semejante locura? —tronó Claudina realmente enfadada.
Mora les dijo que la Vieja no solo no lo sabía sino que tampoco tenía que enterarse por nada del mundo.
—Tengo una corazonada y pienso seguirla hasta el final. Les pido que confíen en mí y verán que no habrá más sombras en este pueblo ni en sus habitantes, ni siquiera en la casa Amorina. Para eso es necesario que mañana domingo, lo más temprano que puedan vengan a mi casa con lo que tengan aquí para hacer roscones deliciosos. Si falta algún ingrediente lo iremos a comprar.
Carmen y Pura terminaron convenciéndose de semejante aventura para su estrecha vida, pero Claudina seguía gritando que ella no haría tal cosa pues se había cuidado mucho de que no le tocara la maldición de los roscones y después de tantos años no iba a tentar al demonio.
Cuando Mora dejó la casa de las hermanas rogó a Dios que Claudina aceptara el reto. Necesitaba de todas ellas para romper una leyenda negra que tanto daño hiciera. Su instinto y su olfato le decían que iba por buen camino, aunque tenía clavada una espina que esperaba poder quitarse lo antes posible. Se sentía tan llena de energía que llegó a Amorina sin darse cuenta. En la puerta estaba Ramiro, que al verla corrió a su encuentro.
—¡Mora, mira lo que hice! —gritó con gran entusiasmo agitando el bloc de papel que ella le diera.
—Hola Ramiro ¿por qué tanto alboroto?
Entonces el joven abrió el bloc y le mostró un dibujo en la última hoja que le quedaba. Era el retrato de una moza muy bonita, de largos cabellos rubios, ojos claros y triste sonrisa. Mora estaba impresionada. El parecido con la mujer que se metía en sus sueños apilando roscones era asombroso. Por no decir que era la misma.
Aún incrédula miró a Ramiro, callado, expectante, esperando su respuesta frente a ella, y sin pensarlo lo abrazó emocionada.
—Felicidades, ya sabía yo que lo ibas a lograr. Ahora a trabajar en la piedra, que la mujer de la ventana ya tiene cara.
Ramiro, aún turbado por la inesperada demostración de cariño se fue corriendo hacia el cobertizo dejando a Mora sin saber qué pensar de aquella revelación.
El sonido del móvil le endulzó la sonrisa. ¿Y si fuera él?
—¡Hola!
—Espero no ser inoportuno, pero tenía ganas de hablar contigo.
—No lo eres, te estaba esperando.
Santiago y su voz de terciopelo metiéndose en su cabeza y bajando hasta el lado izquierdo de su pecho.
La casa es la que conoce mejor nuestro propio yo, nuestra intimidad. Y la casa de la Vieja era un fiel reflejo de ella, hermanadas en una guerra sin cuartel contra la muerte. Las cicatrices de las batallas estaban a la vista, y en ambas resultaban ser muy encarnizadas. Podría decirse que el corazón de la casa y de la dueña latían al mismo tiempo, un tiempo sin futuro.
La anciana absolutamente enlutada le franqueó la puerta y sin contestar el tímido “buenos días” de Mora le dio la espalda y caminó despacio hacía una desvencijada mecedora en la que se dejó caer con un profundo quejido de todo su cuerpo.
El sensible olfato de Mora acusó el impacto de aquel sobrecogedor ambiente. Podía sentir el acre olor del resentimiento espesando el aire.
—Acerca aquel banco y siéntate frente a mí.
Mora obedeció y se sentó en el destartalado banco. Pero la Vieja le dijo “más cerca”, y así quedaron una frente a la otra muy juntas, observándose, midiéndose como aquella vez en medio de la carretera. Ahora Mora podía ver sus ojos sin color, sin brillo pero con la vocación de un perro de presa. Comenzaba a sentirse incómoda, con ganas de huir de allí cuanto antes.
—Así que querías hablar conmigo —dijo la Vieja con su voz oxidada, que no esperó la respuesta para ordenar—. Muéstrame tus manos.
—¿Cómo?
—Lo que escuchaste. No me hagas repetir las cosas que a mi edad los esfuerzos se pagan caro.
Mora accedió al extraño pedido, que más parecía una orden, pues no estaba allí para llevarle la contraria. Estiró las manos hacia la anciana y ella las atrapó entre las suyas, descarnadas, ásperas y frías. Los dedos largos y secos se deslizaron por las manos jóvenes y vitales palpándolas, reconociéndolas minuciosamente, hasta que Mora rescató con un estremecimiento de rechazo sus manos de entre aquellos esqueletos de garzas que quedaron suspendidas en el aire con una pregunta.
—¿Me tienes miedo?
—No le tengo miedo, solo me incomodó un poco su actitud.
—Las manos de una persona hablan mucho más que sus propios ojos, ¿lo sabes?
—Yo no sé de esas cosas, pero usted parece que sí. ¿Y las mías qué dicen?
—Que no puedes cometer el error de fallarle a tu destino, y tu destino no está en Las Acacias. Y ahora cuéntame cómo es ese olor a roscones que sientes en la casa de Amorina.
La pregunta, aunque esperada, la tomó por sorpresa.
—En primer lugar, la casa no es de Amorina, aunque lleve su nombre, sino mía. Y luego, usted debería saber cómo es el aroma de aquellos roscones porque estuvo allí, o por lo menos lo habrá estado alguna vez.
¿Qué tenía aquella mujer que la crispaba tanto? ¿Sería el ir y venir de la mecedora o la actitud provocativa y desafiante que la anciana le insuflaba a cada una de sus palabras?
—Así que tienes tu geniecito ¿eh? Pues para que sepas, si estás aquí es solo porque quiero que me digas qué es eso de que andas oliendo a roscones por todos lados. Así que contesta a mis preguntas de lo contrario ya te puedes marchar, y si es de este pueblo mejor.
Muy bien, al parecer las cartas estaban echadas. Mora hubiera querido mandar de paseo a aquella anciana insoportable, pero aún no había llegado ese momento.
—Puedo contestar sus preguntas siempre y cuando no sean sobre algo que usted sabe mejor que yo. Pensé que podría contarme la verdadera historia de la casa que acabo de comprar y de su dueña, por eso estoy aquí.
La anciana se incorporó a medias y Mora se echó hacía atrás temiendo que le fuera a pegar, al ver cómo cada surco de su cara se contraía como si la quisiera atrapar en sus profundidades.
—Eres una atrevida, y las atrevidas no siempre terminan bien, y si no mira lo que le pasó a la dueña de tu casa —dijo remarcando sus palabras con una mueca desdentada que a Mora le sonó a una amenaza.
—A lo mejor usted fue más atrevida que yo hace muchos años atrás. Pero quizás ahora no se atreva a contarme los entresijos de una historia de la usted fue testigo y en cierta manera también parte.
—No sabes lo que dices. Y ahora vete, ¡fuera de mi casa!
Me gusta cosechar amigos, abrazos, pasiones, besos, sonrisas, recuerdos, olores, palabras, carcajadas, ironías, silencios que hablan, sueños cumplidos y por cumplir, ocasos y auroras…
Pero mi cosecha sería apenas un soliloquio de emociones si no la pudiera compartir. Y de eso se trata este blog.